En esta ocasión me decanté por la
Calle Carretas. A los pocos metros de iniciada la marcha, a mano izquierda, nos
entramos con la calle Cádiz, callejón hoy tomado por bares y restaurantes especialmente
dirigidos a extranjeros con especialidades típicas como la paella y los
mejillones. A mitad de la misma, a la derecha sale un callejón del mismo tamaño aproximadamente,
la calle de Barcelona, calle que no hace honor a la gran ciudad mediterránea,
como tampoco lo hace la de la tacita de plata, pero no hay que olvidar que
cuando se nombraron estas calles, su tamaño era menos menguado en relación a
los días que corren y las ciudades más pequeñas que lo que son hoy día. Pero
volviendo al recorrido no debemos perder la ocasión de entrar en el bar de la
esquina, así lo hice por primera vez cuando era niño de la mano de mi padre,
entrar por Cádiz y salir por Barcelona, el bar más grande del mundo rezaba la
coletilla.
lunes, 20 de agosto de 2012
Madrid, una noche de agosto
miércoles, 8 de agosto de 2012
Crepúsculo en el valle del rio Alberche.
A unos pocos kilómetros de Madrid, poco más allá de Navalcarnero, donde Felipe IV tomó a Mariana de Austria como esposa, siguiendo el curso del rio, un poco más al norte, donde la sombra señala a la Maliciosa, podemos hacer una bonita excursión por el vientre de la sierra norte de Madrid hasta coronar Navacerrada..
jueves, 26 de julio de 2012
El Club de los Martes
JJ
y Paul acababan de amarse y estaban tan exhaustos como extenuados; tenían sus
piernas entrelazadas para aumentar la superficie de contacto, piel junto a piel.
Una vez hubieron terminado, llegó el momento del cigarrillo y de la charla
banal. Pero en esta ocasión no ocurrió así; llegó Margot, tan vehemente en el
colchón de agua, como cuando tenía la cámara de fotos entre las manos. Una vez
se introdujo bajo las sabanas de satén asalmonado, surfeó sobre sus olas hasta
naufragar entre las piernas de JJ. Margot pedía más, su voz se presentaba plena
de placer, pero no exenta de la frustración por saber que aquellas sensaciones serían
finitas en el espacio y en el tiempo.
Como
sucede con las dietas, en las que se alternan los alimentos, decidieron
sustituir el café de media tarde por algo más suculento. El brillo del deseo no
había desparecido de sus ojos a pesar del cansancio. En sus miradas se
incineraban los reflejos de sus cuerpos entrelazados, al igual que en el espejo
redondo que habían ordenado sellar en el techo, aparecían desnudos, sudorosos,
deseosos de nuevas sensaciones en el juego amatorio que tanto les satisfacía.
Era
el último martes del curso, la última reunión del club por aquel año; todos los
martes, mientras sus parejas asistían al curso de relato breve en el centro
cultural, ellos se reunían, a sus espaldas por supuesto, para hacer otro tipo
de exploraciones y divagaciones sobre el ser humano.
Estaban
terminando, llegando al clímax cuando se reflejó en el espejo la figura
semi desnuda de Agnes; no era frecuente,
pero esta vez llegaba tarde a su cita semanal. Como siempre, tan dispuesta a
apoyar a los desfavorecidos como a entregarse con la máxima intensidad en todo
lo que hacía, sopesó las sombras de los pliegues de seda en la silueta de Paul
y se zambulló en sus brazos. Este callado, sombrío, auténtico, la recibió como
el místico que abraza la luz de la revelación y juntos, los cuatro, se amaron
con la desesperación de saber que quizás la noche no relevara al día.
Freddie
no asistió aquel día. El día anterior había avisado a JJ de que no podría ir.
Tenía que dejar un par de paquetes en el centro cultural y no estaba seguro de
poder llegar a tiempo.
Apenas
les quedaba tiempo, la clase terminaba y debían recoger a sus respectivas parejas.
Fue así como se conocieron, a la salida de clase, mientras esperaban que
salieran del centro, pitillo en mano y sonrisa forzada en ristre. De alguna
forma, todos estaban sorprendidos de los comentarios de sus respectivas parejas.
JJ no podía salir de su asombro con las nuevas perspectivas abiertas en el
lenguaje de Eva, y no era la excepción, al igual que sus compañeros de tertulia
del aula 13 de la primera planta y después, en la mesa del bar de la esquina, hablaban
de crecimiento, pero no sólo intelectual, sino también de mayor consciencia y de
interés en el mundo que le rodeaba.
Silvie
comentaba que ya no veía personajes planos agarrados en la barra del metro,
sino que, como voyeur infiltrada, descubría aristas en sus miradas, cómplices
algunas, otras de deseo o acaso de frustración, muchas de pesadumbre y las más
de indolencia. Tony no dejaba de hurgar en su más íntimo yo para ser capaz de
abrirse y exponer su don, esa cualidad con que la naturaleza le equipó de serie,
que no era otra cosa que la fina ironía de encontrar el lado cómico de
cualquier hecho cotidiano.
En
sus comentarios no olvidaban al alma mater de aquellas reuniones de cuentistas,
que por mor de su carisma, no cejaban en esforzarse en encontrar su camino
interior contando historias ajenas que en el fondo no hacían sino repetir de
diferente forma sus inquietudes y sus esperanzas. Joseph, callaba, ante los
comentarios de sus compañeros. En otro tiempo, cuando aún llevaba pantalones
cortos, sus amigos le llamaban “buitre” porque lo aprovechaba todo y cuando le era necesario utilizaba lo
aprendido; siempre le fue más sencillo expresarse con la palabra escrita que
con el verbo, después de todo, fue precoz a la hora de aprender las letras y
retrasado a la hora de hablar y caminar ¿Porqué gastar energía si lo que has de
decir no es más bello que el silencio?
Habían
encendido el segundo cigarrillo y seguían con su charla banal, pero ya hacía
tiempo que deberían haber salido y ésta decaía. JJ, con su barba tan bien
perfilada como un paisaje de Constable y envuelto en su pañuelo de seda de
Hermes, color regalo de Navidad, disertaba sobre la mejor manera de exponer
ideas en diferentes planos temporales, dando un curso de cómo organizar los post it en la pared sin dejar escapar ni
una sola idea; pero no pudo terminar, una explosión les lanzó al aire hasta
caer magullados sobre un lecho de cristales rotos con sus miradas perdidas en
el cielo. En un instante comenzaron a
sonar las alarmas de incendios y a continuación una columna de humo denso se
expandió por el centro hasta salir por sus ventanas como lenguas de fuego en la
boca de un dragón desbocado.
Pasados
unos minutos, magullados pero vivos, recuperaron el aliento y pudieron
incorporarse; vieron entonces, como llegaba el primer coche de bomberos de
donde descendieron los primeros efectivos, que cubiertos con la escafandra
antigases y armados con hachas, sin dudarlo un momento, se adentraron en
aquella tormenta de humo y llamas que salía del edificio. No transcurrió mucho tiempo hasta que escucharon otra explosión en el interior; entonces por una ventana lateral salió una nueva columna de humo negro que por un momento les pareció que tomaba forma de dos enormes seres alados en mitad de un combate para desvanecerse después en su camino hacia el cielo formando, ahora sí, los típicos hongos del humo.
A nadie le extrañó que aquellas cinco
personas asistieran juntas al sepelio que se organizó días después por el
fallecimiento de las víctimas; ni tampoco, que abrazados entre si se consolaran
con muestras de un profundo y delicado cariño. Tampoco nadie advirtió, que a
partir de aquella fecha, las reuniones sociales que tenían lugar en Chalet de
la Calle de los Arcángeles, número trece, se sucedieran a diario.
domingo, 24 de junio de 2012
Mi terraza es de la Roja
miércoles, 6 de junio de 2012
El Síndrome de Sthendal
La belleza es
algo abstracto que cada cual puede entender de una manera diferente. Hay muchas
teorías; desde la cultura griega hasta el día de hoy, se han producido muchos debates
al respecto: el canon de belleza está sujeto a la geometría, todo supeditado al
número áureo o, por el contrario, todo es subjetivo y depende del punto de
vista del observador.
Hay quien se
recrea en unas curvas femeninas contoneándose frente a una obra franqueada por
jubilados y obreros; hay quien también se extasía viendo algún evento deportivo
en el que un par de decenas de jóvenes en pantalón corto corretean tras algún
objeto esférico, más o menos, e incluso, cuando ejercen de comensales ante una
buena mesa prestos a degustar una tortilla de patatas deconstruida con crema de
eneldo al aroma de cilantro con trufa parda.
Sin menospreciar
al resto de la humanidad, mi sentido de lo bello es completamente diferente, no
más culto, distinto, pues a mí lo que en realidad me maravilla es, de entre lo
que se llaman obras de arte, la pintura
clásica europea.
Cuando era niño,
me pasaba horas y horas delante de los libros de ilustraciones que había en mi
casa. Mientras todos mis amigos jugaban en la calle con pistolas y espadas láser,
yo ojeaba la enciclopedia del arte que mi padre me había comprado por
fascículos. Con el tiempo, aprendí de memoria los nombres de los grandes
pintores europeos, de sus mejores obras, así como la historia y circunstancias
que tras ellos había. Por supuesto que tenía mis preferencias, primero fueron
los más ligeros y efectistas; después, aquellos más complejos en los que el
trasfondo se hallaba oculto. Desde entonces, mi familia hizo todo lo posible
por mejorar mi formación pictórica. Con el tiempo y mis clases de Bellas Artes,
profundicé en el estudio de la pintura occidental.
En mi cabeza
bullen nombres e imágenes de cientos de cuadros y pintores. No todos están
expuestos en los museos, algunos son propiedad privada y sus dueños los exhiben
en los cuartos de baño de sus mansiones; pero lo que sí ocurrió en una de las
mejores pinacotecas del mundo, fue que sentí
aquella sensación o, por decirlo de otra manera, cuando sufrí por primera vez
los síntomas de mi enfermedad.
Me hallaba
contemplando uno de mis cuadros favoritos cuando comencé a percibir una emoción
hasta entonces desconocida por mí. En primer lugar, comprobé cómo se me aceleraba
pulso. Al ritmo de las palpitaciones del corazón, esa impresión se distribuyó
por todo mi cuerpo. Entonces, empecé a sentir cómo la sangre fluía por mis
venas hasta que se agolpó en mi cerebro, y a la vez que todo el vello de mi
cuerpo se erizaba, de mis lagrimales manó un fluido salado que inundó mis
mejillas. Fue justo en ese momento cuando noté que perdía el equilibrio y el
conocimiento.
Desperté en la
habitación del hospital, completamente dolorido y con un gran hematoma en la
parte posterior del cráneo, sin duda producido por la caída. Un terrible dolor
de cabeza, el hombro dislocado y un enorme chichón constituían el parte de
lesiones. Traté de recordar qué había
ocurrido pero, por más esfuerzos que hice, no lo conseguí. En mi cabeza
flotaban evocaciones del cuadro que contemplaba al desmayarme, pero trascendían
más allá de la imagen estática del mismo, de lo que tantas veces había visto, si
no que recordaba haber escuchado los ladridos de un mastín jugueteando con un
niño quizás, el olor acre al óleo fresco, unas niñas disfrazadas a la antigua y
a un hombre que observaba la escena con una cruz roja en el pecho. Esto hubiera
quedado en un hecho aislado si con el paso del tiempo no hubiera recordado más
pasajes de aquel incidente…
En el informe
médico que me dieron junto con el alta, no se explicaba ninguna razón clínica
que pudiera haber motivado mi caída. Una analítica correcta, constantes vitales
normales y sólo una pequeña oscilación de la presión arterial no parecían suficientes
razones para motivar mi caída. Movido por la curiosidad, en cuanto me hube
recuperado, regresé al lugar donde tuvo lugar mi desmayo.
Deambulé por las
salas del museo observando mis cuadros favoritos con el temor a sentir de nuevo
aquella percepción, sala tras sala, cuadro tras cuadro. Sentí un ligero mareo al
contemplar el Jardín de las Delicias. No le di más importancia, debía ser sólo
una náusea por tener el estómago vacío tras varias horas sin comer; pero como
hombre precavido que soy, me senté en el banco que esta frente a él para evitar
las lesiones si perdía el conocimiento. Nada ocurrió. Me quedé tranquilo y sosegado,
así que olvidé aquel incidente pensando que debía haber sido un hecho aislado…
Llegó la
primavera y terminó el curso. Afortunadamente las calificaciones que obtuve fueron
lo suficientemente buenas como para que recibiera un regalo de mis padres que
aún hoy no sé bien cómo calificar, si el mejor de los obsequios o la peor de
las maldiciones. Exultante de felicidad recibí a cambio de las notas un sobre.
Contenía un billete de avión a París y una reserva para el hotel Marriott. Por
fin tendría ante mis ojos y podría deleitarme con aquellas colecciones
maravillosas que aún hoy se conservan en los Museos del Louvre y D´Orsay.
Después de fundirme en un abrazo con mis padres, corrí a la biblioteca para iniciar
los preparativos de lo que esperaba fuera el viaje de mi vida. Desde luego, no
me equivoqué.
El quince de
agosto aterricé en la ciudad luz. Lo primero que hice tras instalarme en el
hotel, fue admirar el paisaje desde mi habitación, la 415. La vista era
maravillosa, los Jardines de las Tullerías se extendían paralelos al Loira,
frente a los cuales se encontraba la antigua Gare D´Orsay con su museo de los
impresionistas, a la izquierda, el Louvre y a la derecha, el Jeu de Paume. El
triángulo perfecto.
En primer lugar,
quizás por seguir un orden cronológico, me dirigí al Louvre: las salas
egipcias, mesopotámicas, la Piedra Rosetta, la Victoria de Samotracia, la Venus
de Milo y, por fin, la felicidad completa, Leonardo, Canaletto, Claudio de
Lorena, Delacroix, David, Gericault…
Paseé por
aquellas salas, me asombré al ver aquellas formas, los volúmenes, los colores,
las pinceladas. Había visto aquellas obras una y otra vez en libros, documentales
e imágenes a través de Internet; pero, al estar frente aquellas obras, no lo
pude soportar. Me emocioné hasta llorar. Había entrado en la sala donde se
exponían los enormes cuadros exponentes de la teoría romántica francesa; pude
ver la Balsa de la Medusa, la Libertad guiando al Pueblo y tantos otros, pero
el cuadro que más me impactó fue el Húsar a caballo, de Gericault.
El movimiento
que transmitían las crines del caballo al elevarse sobre sus patas traseras, el
desplazamiento del sable curvo hacia atrás para equilibrar la composición y la
mirada desorbitada del jinete a su espalda indicando al resto de la caballería
ligera el camino a seguir. Fue entonces, cuando más concentrado estaba en la
contemplación de los detalles de aquella obra maestra, cuando más centrado
estaba en el estudio de la luz, que percibí lo que iba a ocurrir.
Al instante un
sudor frío me recorrió la espina dorsal, sentí un ligero mareo y después… Me encontré sentado en un caballo en mitad de
una carga. Quiero creer que aquello fue un sueño sin más, pero rememoro los
detalles con tanta frecuencia que me hacen dudar de si fue realidad o, por el
contrario, todo fue creación de mi subconsciente.
Allí
estaba yo, cabalgando en mitad de un escuadrón de caballería. Todo lo que me
rodeaba me parecía enormemente familiar. El estruendo era enorme, los cascos
golpeando sobre el terreo, las cornetas dando órdenes, los aullidos de los soldados.
Portaba uniforme de húsar, con el colbach
de piel de oso brillando al sol, la casaca de color azul abotonada hasta el
cuello y el dolman rojo flotando al viento. Con la mano izquierda sujetaba las
riendas del caballo, mientras en la derecha sostenía un sable curvo con cuyo
plano apremiaba a mi caballo golpeándole en el flanco.
Arropado entre
la multitud de jinetes me dirigí hacia las colinas que se encontraban frente a
nosotros. Mientras subíamos por la ladera, pude observar aquel campo de batalla.
Aquello me era muy familiar, lo había leído cientos de veces en multitud de
libros y lo había visto en centenares de ilustraciones. Frente a nosotros se
encontraba la Haye Sainte, a nuestra izquierda el castillo de Hougoumont. A
resguardo de sus muros, atrincherada, la delgada línea roja. Yo sabía que un emperador
se encontraba a nuestra espalda observando, también que, en un par de horas,
pasaríamos de regreso junto a él para escuchar cómo gritaba al viento:
- Grouchy, ¿dónde está Grouchy?
-Señor, señor, ¿se encuentra usted bien? -me dijo un celador a la vez
que apoyaba su mano en mi hombro.
-Disculpe, estaba tan cansado que me he quedado dormido en el banco. ¿Es
hora de cerrar?
Salí del museo y
me dirigí al hotel para reflexionar sobre lo que había sucedido. Estaba
convencido de que lo que había ocurrido no era un sueño, sino pura realidad;
pero aquello no podía ser. Había sentido lo mismo que cuando me desmayé en el Madrid;
la única diferencia era que tenía el cuerpo completamente dolorido, como si
hubiera estado cabalgado todo el día, y aquel sabor a pólvora quemada en la
boca. Como me encontraba perplejo, pensé que sería mejor dar un paseo antes de
encerrarme en el hotel. Rodeé por Rívoli y luego por el Hotel de Ville para
pasear por la orilla de rio hasta el puente de Alejandro I a la vez que daba
rienda a mi imaginación.
Con estas
cavilaciones llegué al hotel. No pude cenar, ni siquiera dormir. Pasé toda la
noche organizándolo todo. Tenía que decidirme por un cuadro, plantarme delante
de él y tratar de repetir todas aquellas circunstancias en las que se habían reproducido
los síntomas de mi enfermedad en las anteriores ocasiones. El grado de
excitación que tenía era tan grande y estaba tan aturdido que no conseguía elegir.
A la mañana
siguiente me levanté realmente cansado y desmoralizado. Necesitaba mucha paz y
tranquilidad para sobreponerme. Después de la ducha bajé a desayunar. Nada más
entrar en el restaurante me fijé en una reproducción de un cuadro que presidía
el salón sobre la chimenea. Representaba la paz y la tranquilidad del campo y
el original se encontraba en el Museo de D´Orsay, justo enfrente del hotel, al
otro lado del rio. Me estremecí, pero pensé, ¿qué mejor ocasión? Me decidí al
momento. ¡Vamos allá! Necesitaba mucha energía, pues mis viajes siempre me habían dejado agotado. Comí como si no fuera a hacerlo
en días. Cogí la mochila, mi cuaderno y, decidido, salí dispuesto a elegir mi
destino.
A paso rápido
atravesé las Tullerías, centrado en esquivar palomas y turistas. Una vez llegué
a la entrada del museo, hube de esperar la enorme fila que siempre taponaba sus
puertas. Cada minuto que pasaba aumentaba mi ansiedad. Me encontraba por
momentos más y más nervioso, hasta que por fin llegó el momento de entrar. Traspasé
el hall de entrada para girar a la
izquierda en busca de la colección de Alfred Chauchard. Allí estaba. Flanqueado
por el Bosque de Rousseau se encontraba mi obra elegida, El Ángelus, de Millet.
Esperé toda la
mañana. Lo observé desde todas las posiciones, me acerqué y alejé, me elevé
sobre los talones, me agaché y flexioné las rodillas para evitar los reflejos
de la luz artificial en pos de encontrar la puerta de acceso, pero nada
ocurrió. Me senté y levanté. Con el paso del tiempo, terminé por perder la
concentración y empecé a fijarme en el resto de visitantes. Estaba ya resignado
al fracaso cuando me llamó la atención otro cuadro. Entonces sucedió. Todos los
síntomas se agolparon de repente y, de pronto, me encontré montado en un carro
de heno frente al que tres mujeres se agachaban para espigar, seguidas a lo
lejos por la atenta mirada de un capataz montado a caballo. Paseé por el
sembrado y observe cómo hacía sus labores y cómo las bandadas de pájaros
sobrevolaban los campos cultivados. Hacía mucho frío, mucho sol y también mucha
paz.
Me encontraba feliz
porque había encontrado el camino. A partir de entonces sólo tendría que
encontrar los cuadros precisos y esperar a que las puertas se abrieran.
El resto de mis días en París los pasé
preparando mi estrategia. Quería alcanzar el conocimiento que tantas obras de
arte me habrían de dar sin tener en cuenta los posibles peligros. Llegué
incluso a hacer una lista de todos aquellos cuadros con los que lo debería
intentar.
Una vez en
Madrid, fui testigo de muchos hechos históricos; observé cómo fusilaban a los
patriotas el 3 de mayo, cómo el general Torrijos impidió que le vendaran los
ojos antes de su ejecución, e incluso pude ver cómo tres lusitanos acuchillaban
a Viriato mientras dormía. También recorrí jardines renacentistas, campos
cultivados, ciudades medievales, canales barrocos y calles decimonónicas; además, navegué por los siete
mares, observé batallas navales, naufragué en ellas y, en varias ocasiones, estuve
a punto de perecer. En la última ocasión que atravesé el umbral vi hundirse al
Santísima Trinidad después de que el Victory le disparaba toda una andanada por
la amura de babor, consecuencia de la cual perdí la mano derecha.
Ya he dejado de viajar, pero no me resigno. Sólo me
queda relatar la historia de todo aquello que me ha sucedido en los últimos
años. He aprendido a escribir con la mano izquierda; no quiero que nada quede
en el olvido, siempre habrá alguien que vuelva encontrar las puertas tal como
yo lo hice. Ahora vivo rodeado de cuatro acolchadas paredes blancas que están
vacías, en ellas intento dibujar durante las noches, pero todas las mañanas las
vuelven a pintar de blanco y me retiran el lápiz. Así quieren mis captores quieren
evitar mi huida, pero cuando oscurezca escaparé para siempre. He dibujado “La
Gran Vía”, de López, en el interior de mi camisa.
Luiscar
jueves, 24 de mayo de 2012
Berlín
No puedo saber si fue sueño o ficción, tampoco realidad. Me despierto y busco en tu lado del lecho. Aspiro esa fragancia que huele a ti cuando no estás. Desesperanzado, ansío los rayos de tu luz sombría, la que descansa sobre tu figura y surca el suave lienzo de tus sentidos. Ligera como tu mirada, tu ausencia continua luce paciente y embarga el aroma de tu perdida presencia.
Sello mis ojos de nuevo, percibo el tintineante baile de las tinieblas rasgadas por la fina lluvia. Sueño. El fulgor de las farolas en el húmedo adoquín te muestra el sendero; la sombra marcada por la silueta de tus pasos te acerca a mí.
Llueve, mi amor, y con los ojos cegados te veo marchar. Observo cómo para volver navegas por el turbulento océano de la noche, esa oscuridad que está dispuesta a engullirnos y que, en ocasiones, nos ilumina en la esperanza de escapar.
Me levanto, es media noche. Todo está oscuro, pero sé que nada malo va a pasar. Elevo mi plegaria: te espero, regresa, vuelve, mi amor, son sólo unos metros más de la siniestra pared para volver a sentir tu corazón junto a mí...
Hoy empiezo a recordar, después de tantos años, la brisa sobre el frío canal. Me pregunto dónde estarás, y sé que jamás lo volveré a soñar. La suave luz de aquel atardecer me confirmó lo que ya sabía ayer, y entonces vuelvo a rememorar los sonidos que aquella noche escuché al otro lado del lóbrego mural...
Llueve en Berlín mi amor sobre los dos... (Berlín, La Unión, 1992)
Madrid, 20 mayo de 2012
domingo, 20 de mayo de 2012
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