lunes, 12 de octubre de 2026

 

Autorretrato

 

          Hay madrugadas en las que para descoserme del tenaz insomnio que me estrangula, me levanto y me enfrento al espejo para reconfortarme con el más cariñoso de los padres: “Carlos ¿por qué estás triste?”. Cuando su imagen se desvanece, se presenta mi madre, tiene la mirada perdida, sus mejillas están pespunteadas por lágrimas: “Mi padre era músico y tocaba el trombón” Después el espejo recupera mi figura cansada mientras resuena mi vieja canción. Catorce años tenía y desde entonces me arrulla en momentos como este.

          No hay encrucijada que no haya errado. No importaba la ruta elegida, siempre era la más penosa. Soy un caminante obstinado, zurcido de magulladuras por todo el cuerpo. Harto de escalar montañas que conducían a ningún sitio. Cansado de prometerme cosas que me sabía incapaz de cumplir. No termino de soñar con que algún día pase algo, sin saber el qué. Algo. Era como si esperara que Godot viniera a liberarme de inseguridades y ansiedad. Cuando llevaba pantalones cortos solía jugar en la carretera con la pelota sin pensar en el futuro. Tampoco en la vida, aunque la muerte se presentó de repente. Mi mejor amigo murió de leucemia con diez años. En mi inocencia creía que eso sólo les pasaba a los demás.

          Después llegaba el verano y parecía que la alegría regresaba. Todo lo demás se disipaba. Las cicatrices y las suturas se bronceaban. La ilusión por la playa y las vacaciones volvía. Así me desabrochaba a la vida, sentía felicidad e iniciaba la cuenta atrás para el regreso y erraba de nuevo. No disfrutaba porque sabía que el retorno estaba por llegar. Siempre el yerro, siempre el fracaso, siempre el tiempo, la cuenta atrás. Tic tac, tic tac. Silencio, soledad y la muerte cosida en mis pesadillas.

          En ocasiones, al cerrar los ojos, escucho el traqueteo de la máquina de coser de mi madre. Siempre el hilo enmarañándose para deshacer el ovillo. Urdimbre y trama, yo y el futuro. Me imagino como una marioneta que baila al ritmo de la incertidumbre, sin saber muy bien quién está al mando. Hay días en los que llueve y otros en los que hace frío, pero al final regresa el verano y vuelve el calor. Siempre he necesitado algo que me sirviera como luz, que me empujase a avanzar, que me hiciera sentir el viento en la cara.

          Me gustaría tanto hilvanarme a ese ciclo, en el que por mucha oscuridad que haya, el sol termina por hacer valer su luz. Me encanta fotografiar atardeceres porque tengo la certeza de que al día siguiente el sol va a volver a abrazarme. Me asombra la belleza con que se sumerge bajo el horizonte y no me importa utilizar filtros que la suplementen para sentirme parte suya.

          Quizás, paradójicamente, el momento del día en que la oscuridad prevalece sea el instante que considere lo más bello de la jornada. Pero, cuando me paro a reflexionar, no dejo de pensar que, ocaso tras ocaso, tendrá que llegar el momento en que algo ocurra. Esa ocasión en que la vida te da el respiro necesario para encarar el próximo amanecer con un punto de optimismo que suture en tu rostro la primera sonrisa del día. Si no, tampoco pasará nada, otro día tachado en el calendario y a ponerte los cascos para escuchar de nuevo tu canción. Y cuando llegue el día que no pueda ser y que todas esas pesadas horas se descuelguen a cámara lenta para posarse sobre tu espalda, será porque el futuro habrá llegado y te hayas marchado donde quiera que ellos estén. Puede que sea mañana, pasado o dentro de mucho, pero llegará ese día en que el futuro se vestirá con el traje nuevo del Emperador. Tú lo veras desfilar, y no te importará mientras ella te recuerde tejiéndote en su memoria con la seda de su mirada.

 

                                                                                                                  LuisCar

13 octubre de 2026

 

         

martes, 31 de enero de 2017

YA PASARÁ


Edelmiro y Sisenanda tenían una mala racha. Él lo repetía sin cesar: una mala racha. Lo que quedaba de cosecha se arruinó en un aguacero y un mal granizo remató la faena; una epidemia se llevó las pocas cabras que pacían en el establo y un pequeño incendio en casa convirtió en cenizas la despensa y buena parte de sus recuerdos.

No te apures Edelmiro, ya pasará, le decía ella. Y él, con su acuosa mirada de tristeza, abría la boca para decir algo, pero siempre se arrepentía en el último momento y callaba. Edelmiro miraba al cielo en busca de respuestas mientras su hacha surcaba el aire en una melodía de acero y madera. Mañana pasará…


            Aquella madrugada las calles de pizarra volvieron a escuchar el eco de la Compaña que regresaba del bosque con su botín de almas perdidas. A su paso, la niebla, que envolvía el camino, sólo se rasgaba por un viento que hacía aullar las carcomidas ventanas, que cabalgaba por las techumbres caídas, lastimaba las rejas del cementerio y se paraba para hacer una reverencia ante una cruz de madera ensangrentada y su tallado epitafio: “Por fin pasó"


domingo, 28 de febrero de 2016

Los Estorninos


                        Raquel y Antalya eran las mejores amigas del mundo. Entre dos personas no era posible descubrir un amor fraternal tan puro y profundo. Sin saber cómo, un día se encontraron, charlaron, tomaron unas cervezas y se reflejaron una en otra de tal manera que sellaron un futuro de eterna camaradería.

                        Estaban enojadas con el mundo, ese fue su primer punto de encuentro, quizás un lugar común para muchos, pero especial para ellas. Sus mundos, que se encontraban en orbitas simétricas, se habían derrumbado de una manera paralela, tal como los escombros de un castillo de naipes derrumban los que se encuentran próximos en una suerte de efecto dominó. Ambas tuvieron que esmerarse en recoger del suelo sus pedazos, restos de autoestima, de alegría o esperanza y se vieron obligadas a buscar, en lo más recóndito de su ser, ese ungüento que aliviaría su desesperación y que serviría para pegar con esmero todas las teselas, en que sus almas se habían fragmentado al chocar contra la ignorancia y la prepotencia de aquellos que habían zancadilleado su vida.


                        Estaban juntas, cogidas de la mano, sentadas en su lugar favorito: el cerro de los estorninos. Era todo un espectáculo ver las piruetas de las aves que generaban en el aire formas imposibles frente a un sol carmesí de fondo, platea del enorme teatro de la naturaleza. Aquella paz, que planeaba sobre la brisa refrescaba sus mejillas, era todo lo que necesitaban en ese momento; no había ni hijos, ni padres, ni amantes, sólo ellas y el rumor del viento jugando con los mechones de su cabello.     

                        El silencio no era triste, ni azul oscuro, ni gris plúmbeo; era el sentir del paisaje sosegado, lucido. Con la imaginación puesta en los pájaros de plumaje marrón, sus formaciones les llevaban a preguntarse por qué todo su mundo se había venido abajo y por qué no iban a ser capaces de sobreponerse a esta situación, como antes lo hicieron con tantas otras. Sin duda habría situaciones mejores, pero la contemplación de la esfera roja bañándoles de energía era el revulsivo que necesitaban, saber que pasara lo que pasara, después siempre habría un lugar en el cerro, o en cualquier otra parte, donde se podrían sentar y con sólo mirarse comprenderían que, con el apoyo de la otra, serían capaces de acometer y resultar victoriosas de las más complicadas empresas.

                                                                      Madrid, 26 de febrero de 2013

sábado, 7 de marzo de 2015

Amada Lucia


Hace tiempo que no escribía más de una pocas líneas y aprovechando un concurso de una cadena de hoteles junté estas pocas letras. Espero vuestras opiniones en los comentarios.


          Amada Lucía, aquí estoy, de nuevo en Budapest, en la misma habitación del hotel donde estuvimos juntos por última vez, la 414, claro, no podía ser otra. Desde que te marchaste he ido recorriendo nuestro mundo a través de la memoria, mis anotaciones, tus fotos, los souvenirs que compramos pero he querido que este sea el primer destino de mi periplo, el último  donde fuimos felices.
Recuerdo que hace unos días, mientras escribía el diario del viaje en esta misma mesa, tú, a mi espalda, en esa enorme piscina de látex, te quitabas el bikini muy despacio, nadando a favor de los ángulos del espejo para que te pudiera ver. Yo me hacía el distraído para que el espectáculo se prolongara lo más posible. Miraba de reojo para buscar en tus ojos ese brillo cómplice que iluminaba nuestras vidas. Me abrazaste entonces y me invitaste a zambullirme en aquel mar de espuma.
Por la mañana, como el último de nuestros ritos dejamos nuestra marca en la habitación del hotel. A ti no te hace falta que te lo recuerde, pero nunca la encontrarán. En eso consistía el juego, en Praga fueron unos versos de Neruda escritos con zumo de limón en la carta del servicio de habitaciones; en Florencia una foto nuestra en el interior de la barra de un toallero; en Roma un micro relato pegado bajo la base de un cajón, y tantos otros lugares donde dejamos un poco de nosotros mismos. Pero esos tiempos ahora no son más que recuerdos que se agitan en mi cabeza, como las nubes que se hacen girones en medio de una tormenta. El pasado no es sino pasado y no ha de volver, tú no volverás y yo sólo sueño despierto todas las noches en reunirme contigo.
He llegado a un acuerdo con el hotel para que mañana cuando abandone la habitación incineren el colchón y la ropa de cama; quizás sea un acto fútil, pero no quiero que nadie mancille el lugar, ni nada de aquello que estuvo en contacto con la piel más suave y con el aroma más dulce que nunca nadie pudo tener.

No dejo de pensar en ese deportivo amarillo, porqué hizo lo que hizo, ¿por qué? ¿Cómo no lo vi? pero cuando quise darme cuenta ya era tarde, el revuelo de la gente, los gritos, el tumulto y tu silencio. Mi amada Lucía, quién nos iba a decir que nos separaríamos para siempre en un aeropuerto, en uno de esos lugares que tanto nos han unido y que han sido el punto de partida de los mejores días que hemos podido compartir.
Ya no me queda más que regresar, volver al sosiego de nuestra casa y a la paz del trabajo. Por el día estaré lo más cerca de ti que pueda y por la noche me acurrucaré junto a tu lápida sólo para esperar tu visita, mientras repaso nuestros álbumes de fotos y paso las páginas de nuestros cuadernos de viajes.
Nunca te gustó mi oficio de sepulturero, pero como siempre te dije era mi vocación y ahora mira, de alguna manera, la fortuna nos ha favorecido. ¿Cuántas personas conoces que en nuestra situación puedan estar prácticamente todo el día juntas? Acunar a las personas en su última morada me ha ayudado a sobrellevar tu ausencia y a esperar ese momento en que volvamos a estar juntos; pero mientras tanto, te hago una última promesa, mi amada Lucia, yo velaré tu sueño, nunca volverás a dormir sola.

Madrid, 28 de febrero 2014

martes, 27 de enero de 2015

LOS COLORES DEL MAR


La tempestad me ha alcanzado, una enorme galerna. No he sabido ver las señales, pero estaban en el ambiente. La bruma,  que a retazos envolvía el sol, la brisa, que tornaba en vendaval inmisericorde y frío, la luz del sol que ya no reflejaba el brillo de tu cabello, en forma de arco iris, y la mar, la mar, madre de todo...
El helado viento ha escarchado mi corazón y la espuma del oleaje ha arrasado todo aquello que imaginé. He sentido la tristeza del gris y con mis manos he arañado el amarillo al amanecer, he aspirado la gélida humedad desatada por la tormenta, pero todo lo he soportado con firmeza. He arrostrado todos los fantasmas que me han visitado, y a los que antes me abandonaron también; como aquel día en que cerré los ojos para ver ante mí un horizonte azul e infinito, como una enorme pared celeste, que tras un ventanal me daba tu calor.

http://estanochetecuento.com/colores-de-la-mar/

sábado, 17 de mayo de 2014

Carmen, Carmencita, la Carmelinda de mis historias.


            Hay personas que pasaremos por la vida como una maleta con ruedas, ligeras y sin dejar rastro, pero algunas de ellas no se merecen tan triste viaje. Sin duda ese es el caso de Carmen, mi amiga, y desde aquí quiero remitirle un cariñoso tributo a su memoria:

 


            Carmen, Carmencita, la Carmelinda de mis cuentos, te has marchado. Te enfrentaste a la Parca antes de tiempo y le plantaste cara como solo tú sabías reírte de la adversidad:

-Me voy porque yo quiero, no porque me lleves -me imagino ese semblante incrédulo de la dama negra ante sus palabras-¡Qué error de la naturaleza!

            Ese era su carácter, valiente, fuerte, levantisco, repleto de libertad indómita y de generosidad.

            Su corazón era tan limpio como el mío blanco, su mirada tierna, intensa como mi cariño por ella, su sonrisa atronadora como algunos de sus silencios y su genio, furia ciega contra la injusticia.

            Carmen, Carmencita, nos has dejado el vacio de tu presencia, ese que sólo podremos llenar de tantos recuerdos a tu lado; te acabas de marchar y ya me duele la memoria de tanto pensarte.

            Mañana no habrá rocío sobre la fresca hierba, las flores habrán gastado toda su savia en lágrimas de ausencia para refrescar la suave brisa que ahora nos acuna con tus caricias.

            Era tu sonrisa aroma fresco como el jazmín de mi terraza y limpia como el azul de los cielos de agosto, tu tacto cálido como el regazo de una madre y tu ausencia desgarradora como una galerna en mitad de la océana noche.

            Carmen, Carmencita, Carmelinda, desde que nos faltas las luz se tiñe de sombras, los días menguan porque te buscan sin encontrarte y las noches son eternas porque no conseguimos soñarte.

            El tres de mayo te fuiste como una heroína y así cada uno de nosotros te erigirá un monumento en su memoria, ese territorio que siempre será tu hogar.
LuisCar, 3 de mayo de 2014