Autorretrato
Hay madrugadas en las que para descoserme
del tenaz insomnio que me estrangula, me levanto y me enfrento al espejo para
reconfortarme con el más cariñoso de los padres: “Carlos ¿por qué estás triste?”.
Cuando su imagen se desvanece, se presenta mi madre, tiene la mirada perdida, sus
mejillas están pespunteadas por lágrimas: “Mi padre era músico y tocaba el
trombón” Después el espejo recupera mi figura cansada mientras resuena mi vieja
canción. Catorce años tenía y desde entonces me arrulla en momentos como este.
No hay encrucijada que no haya errado.
No importaba la ruta elegida, siempre era la más penosa. Soy un caminante obstinado,
zurcido de magulladuras por todo el cuerpo. Harto de escalar montañas que
conducían a ningún sitio. Cansado de prometerme cosas que me sabía incapaz de
cumplir. No termino de soñar con que algún día pase algo, sin saber el qué. Algo.
Era como si esperara que Godot viniera a liberarme de inseguridades y ansiedad.
Cuando llevaba pantalones cortos solía jugar en la carretera con la pelota sin
pensar en el futuro. Tampoco en la vida, aunque la muerte se presentó de
repente. Mi mejor amigo murió de leucemia con diez años. En mi inocencia creía
que eso sólo les pasaba a los demás.
Después llegaba el verano y parecía
que la alegría regresaba. Todo lo demás se disipaba. Las cicatrices y las suturas
se bronceaban. La ilusión por la playa y las vacaciones volvía. Así me
desabrochaba a la vida, sentía felicidad e iniciaba la cuenta atrás para el
regreso y erraba de nuevo. No disfrutaba porque sabía que el retorno estaba por
llegar. Siempre el yerro, siempre el fracaso, siempre el tiempo, la cuenta
atrás. Tic tac, tic tac. Silencio, soledad y la muerte cosida en mis pesadillas.
En ocasiones, al cerrar los ojos,
escucho el traqueteo de la máquina de coser de mi madre. Siempre el hilo
enmarañándose para deshacer el ovillo. Urdimbre y trama, yo y el futuro. Me
imagino como una marioneta que baila al ritmo de la incertidumbre, sin saber
muy bien quién está al mando. Hay días en los que llueve y otros en los que
hace frío, pero al final regresa el verano y vuelve el calor. Siempre he
necesitado algo que me sirviera como luz, que me empujase a avanzar, que me hiciera
sentir el viento en la cara.
Me gustaría tanto hilvanarme a ese
ciclo, en el que por mucha oscuridad que haya, el sol termina por hacer valer
su luz. Me encanta fotografiar atardeceres porque tengo la certeza de que al
día siguiente el sol va a volver a abrazarme. Me asombra la belleza con que se
sumerge bajo el horizonte y no me importa utilizar filtros que la suplementen para
sentirme parte suya.
Quizás, paradójicamente, el momento
del día en que la oscuridad prevalece sea el instante que considere lo más
bello de la jornada. Pero, cuando me paro a reflexionar, no dejo de pensar que,
ocaso tras ocaso, tendrá que llegar el momento en que algo ocurra. Esa ocasión en
que la vida te da el respiro necesario para encarar el próximo amanecer con un
punto de optimismo que suture en tu rostro la primera sonrisa del día. Si no,
tampoco pasará nada, otro día tachado en el calendario y a ponerte los cascos
para escuchar de nuevo tu canción. Y cuando llegue el día que no pueda ser y
que todas esas pesadas horas se descuelguen a cámara lenta para posarse sobre tu
espalda, será porque el futuro habrá llegado y te hayas marchado donde quiera
que ellos estén. Puede que sea mañana, pasado o dentro de mucho, pero llegará
ese día en que el futuro se vestirá con el traje nuevo del Emperador. Tú lo veras
desfilar, y no te importará mientras ella te recuerde tejiéndote en su memoria
con la seda de su mirada.
LuisCar
13
octubre de 2026


