jueves, 26 de julio de 2012

El Club de los Martes


              JJ y Paul acababan de amarse y estaban tan exhaustos como extenuados; tenían sus piernas entrelazadas para aumentar la superficie de contacto, piel junto a piel. Una vez hubieron terminado, llegó el momento del cigarrillo y de la charla banal. Pero en esta ocasión no ocurrió así; llegó Margot, tan vehemente en el colchón de agua, como cuando tenía la cámara de fotos entre las manos. Una vez se introdujo bajo las sabanas de satén asalmonado, surfeó sobre sus olas hasta naufragar entre las piernas de JJ. Margot pedía más, su voz se presentaba plena de placer, pero no exenta de la frustración por saber que aquellas sensaciones serían finitas en el espacio y en el tiempo.
Como sucede con las dietas, en las que se alternan los alimentos, decidieron sustituir el café de media tarde por algo más suculento. El brillo del deseo no había desparecido de sus ojos a pesar del cansancio. En sus miradas se incineraban los reflejos de sus cuerpos entrelazados, al igual que en el espejo redondo que habían ordenado sellar en el techo, aparecían desnudos, sudorosos, deseosos de nuevas sensaciones en el juego amatorio que tanto les satisfacía.
Era el último martes del curso, la última reunión del club por aquel año; todos los martes, mientras sus parejas asistían al curso de relato breve en el centro cultural, ellos se reunían, a sus espaldas por supuesto, para hacer otro tipo de exploraciones y divagaciones sobre el ser humano.
Estaban terminando, llegando al clímax cuando se reflejó en el espejo la figura semi desnuda  de Agnes; no era frecuente, pero esta vez llegaba tarde a su cita semanal. Como siempre, tan dispuesta a apoyar a los desfavorecidos como a entregarse con la máxima intensidad en todo lo que hacía, sopesó las sombras de los pliegues de seda en la silueta de Paul y se zambulló en sus brazos. Este callado, sombrío, auténtico, la recibió como el místico que abraza la luz de la revelación y juntos, los cuatro, se amaron con la desesperación de saber que quizás la noche no relevara al día.
Freddie no asistió aquel día. El día anterior había avisado a JJ de que no podría ir. Tenía que dejar un par de paquetes en el centro cultural y no estaba seguro de poder llegar a tiempo.
Apenas les quedaba tiempo, la clase terminaba y debían recoger a sus respectivas parejas. Fue así como se conocieron, a la salida de clase, mientras esperaban que salieran del centro, pitillo en mano y sonrisa forzada en ristre. De alguna forma, todos estaban sorprendidos de los comentarios de sus respectivas parejas. JJ no podía salir de su asombro con las nuevas perspectivas abiertas en el lenguaje de Eva, y no era la excepción, al igual que sus compañeros de tertulia del aula 13 de la primera planta y después, en la mesa del bar de la esquina, hablaban de crecimiento, pero no sólo intelectual, sino también de mayor consciencia y de interés en el mundo que le rodeaba.
Silvie comentaba que ya no veía personajes planos agarrados en la barra del metro, sino que, como voyeur infiltrada, descubría aristas en sus miradas, cómplices algunas, otras de deseo o acaso de frustración, muchas de pesadumbre y las más de indolencia. Tony no dejaba de hurgar en su más íntimo yo para ser capaz de abrirse y exponer su don, esa cualidad con que la naturaleza le equipó de serie, que no era otra cosa que la fina ironía de encontrar el lado cómico de cualquier hecho cotidiano.
En sus comentarios no olvidaban al alma mater de aquellas reuniones de cuentistas, que por mor de su carisma, no cejaban en esforzarse en encontrar su camino interior contando historias ajenas que en el fondo no hacían sino repetir de diferente forma sus inquietudes y sus esperanzas. Joseph, callaba, ante los comentarios de sus compañeros. En otro tiempo, cuando aún llevaba pantalones cortos, sus amigos le llamaban “buitre” porque lo aprovechaba todo  y cuando le era necesario utilizaba lo aprendido; siempre le fue más sencillo expresarse con la palabra escrita que con el verbo, después de todo, fue precoz a la hora de aprender las letras y retrasado a la hora de hablar y caminar ¿Porqué gastar energía si lo que has de decir no es más bello que el silencio?
Habían encendido el segundo cigarrillo y seguían con su charla banal, pero ya hacía tiempo que deberían haber salido y ésta decaía. JJ, con su barba tan bien perfilada como un paisaje de Constable y envuelto en su pañuelo de seda de Hermes, color regalo de Navidad, disertaba sobre la mejor manera de exponer ideas en diferentes planos temporales, dando un curso de cómo organizar los post it en la pared sin dejar escapar ni una sola idea; pero no pudo terminar, una explosión les lanzó al aire hasta caer magullados sobre un lecho de cristales rotos con sus miradas perdidas en el cielo. En un  instante comenzaron a sonar las alarmas de incendios y a continuación una columna de humo denso se expandió por el centro hasta salir por sus ventanas como lenguas de fuego en la boca de un dragón desbocado.
Pasados unos minutos, magullados pero vivos, recuperaron el aliento y pudieron incorporarse; vieron entonces, como llegaba el primer coche de bomberos de donde descendieron los primeros efectivos, que cubiertos con la escafandra antigases y armados con hachas, sin dudarlo un momento, se adentraron en aquella tormenta de humo y llamas que salía del edificio.
No transcurrió mucho tiempo hasta que escucharon otra explosión en el interior; entonces por una ventana lateral salió una nueva columna de humo negro que por un momento les pareció que tomaba forma de dos enormes seres alados en mitad de un combate para desvanecerse después en su camino hacia el cielo formando, ahora sí, los típicos hongos del humo.
            A nadie le extrañó que aquellas cinco personas asistieran juntas al sepelio que se organizó días después por el fallecimiento de las víctimas; ni tampoco, que abrazados entre si se consolaran con muestras de un profundo y delicado cariño. Tampoco nadie advirtió, que a partir de aquella fecha, las reuniones sociales que tenían lugar en Chalet de la Calle de los Arcángeles, número trece, se sucedieran a diario.

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