lunes, 12 de diciembre de 2011

El Rescate



Rubén había recibido la misiva. Jonás estuvo ladrando y arañando la puerta hasta que le abrió. Su expresión, que abarcaba todo su hocico y sus enormes ojos negros, reflejaba una dulce tristeza. En algún lugar le habían separado de Adriana y desde entonces dejó de menear el rabo.

Sorprendido por aquella inesperada visita, Rubén le asió por debajo de sus patas delanteras, abrazándole para sentir su calor después de tanto tiempo. Respiró el aroma de Adriana que emanaba de aquel jersey con bolsillo incluido, donde un sobre de color blanco le llamó la atención. Lo cogió con curiosidad no exenta de temor. ¿Qué hace Jonás aquí? ¿Dónde está Adriana? Salió a la puerta, se asomó al balcón y buscó a ambos lados de la estrecha calle Mantuano, pero sólo vio un gran turismo negro alejarse a toda velocidad.

Desde que Adriana le dejó tirado en el juzgado el día de la boda, todo un juego de enigmas y secretos de familia se habían presentado ante él. Fue duro encajar el golpe, no estaba convencido de haberlo hecho, era más, en su fuero interno estaba seguro de lo contrario. Se sentía tocado en su línea de flotación y pronto estaría hundido; fue esto precisamente lo que le decidió a cambiar. Era mejor enfrentarse a los problemas y buscar soluciones a las incógnitas, que esperar a que se resolvieran por sí solos. De alguna forma era como la vida, podías afrontar las contrariedades y asumir las consecuencias de tus actos o rodar entre ellas como el agua se mece en el cauce de un río, conociendo de antemano cuál es su principio y su final.

Recordó las clases en la facultad, Garcilaso. No era su modelo. No quería plegarse a ese destino que parecía haberle alcanzado. Tenía que rebelarse, quizás lo que sucedió la última vez que la vio. No debía tomarlo como una desgracia, era más una llave a otro mundo, a otra vida.

Intentó entender el mundo de Adriana ¿qué motivo podía haberla llevado a comportarse así? ¿Qué no entendía de su vida en común? Desde luego fuera lo que fuera, estaba dispuesto a comprender y esforzarse tanto como se necesitase. Con la mente abierta se decían cuando no estaban seguros de la anuencia del otro. Con mente abierta, con mente muy abierta; claro que elegir el color del techo de una alcoba entre negro cisne y rojo grosella era una cosa y comprender su huida y desaparición otra muy distinta. En ambas ocasiones compartían el deseo de entender, de llegar a un punto común que fuera fácil de asumir por ellos dos.

Dejó que Jonás saltara al suelo. Aún guardaba la toalla con el estampado de una ballena con que se lo regaló de cachorro a Adriana y que a ésta le inspiró para ponerle el nombre:

- Todo aquel que salga de una ballena debería llamarse Jonás. Espero que heredes la tenacidad que tu nombre lleva implícito -le dijo acercándoselo al corazón para transmitirle su calor a aquel peluche de algodón blanco con ya enormes ojos negros.


Extendió la toalla junto al radiador y le puso su tazón de agua. Subió el volumen de la música que había bajado al oír sus arañazos en la puerta y se sentó en su sillón. Había viviendas y había hogares. En el momento en que el sillón pasaba a ser su sillón aquel lugar comenzaba a ser partícipe de su espíritu. Aún quedaba algo de Adriana en ella y la veía en cada rincón de aquella casa donde habían decidido establecerse. La música le ayudaba a concentrarse. Lo pensó mejor, cogió el mando a distancia y apagó el equipo. Era el momento de desempolvar un viejo vinilo y sentir la música como antes. Eligió uno cuya portada mostraba un piano de cola cubierto de nieve. Al instante la aguja impactó con el disco y los acordes del piano comenzaron a inundar el ambiente al ritmo del piano y de la voz From Now On (De ahora en adelante). Esperaba que fuera una declaración de principios de cómo él quería comportarse en el futuro.

Sentado releía una y otra vez la carta que había recibido por tan particular conducto. Había llamado a Juan, el padre de Adriana. Durante la conversación se escuchó decir: Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podría pagar el rescate aunque quisiera hacerlo. Le sorprendió la calma con que Juan había recibido la noticia. Ya unos días atrás, había conversado con él sobre la marcha de Adriana, dónde estaba y qué haría. Su actitud ante los hechos y sus consecuencias, le convencieron de que, o tenía mucha sangre fría o realmente sabía qué le estaba ocurriendo a su hija.


 Luis C. Castilla
Escrito para los Cuentistas del Rabal a partir de la frase : 
"Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podría pagar el rescate aunque quisiera hacerlo…”   

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