martes, 17 de enero de 2012

La Tormenta


L

a tormenta se desencadenó de repente. La sucesión de truenos y relámpagos que alternaban con ráfagas de viento, doblaban las ramas de los robles que arrojaban hojas muertas y enormes gotas de lluvia fría sobre sus rostros.


Las tres mujeres, desperdigadas por la acción del aguacero y el fuerte temporal, alcanzaron un muro de piedra iluminado por los resplandores previos a los aterradores truenos. La tempestad apareció exactamente sobre ellas, y al otro lado de la valla, anclada en mitad de un claro del bosque, surgió una enorme casa cuyos ventanales franceses estaban débilmente iluminados.


Agotadas por el cansancio, el agua y el frío, habían perdido la confianza de encontrar un lugar donde cobijarse; entonces un nuevo relámpago iluminó el camino hasta la mansión. Estaba rodeada por una elevada verja de hierro coronada con lanzas inhiestas hacia el cielo y decorada con imágenes de gárgolas grotescas.


Descoordinadas por la desesperación, empujaron la puerta de la cancela con todas sus fuerzas pero no consiguieron moverla lo más mínimo. En un segundo esfuerzo, arrancaron del pesado metal el hueco suficiente para pasar y la chirriante protesta del gozne abandonado hace ya decenas de años.

Se dirigieron corriendo al umbral de la puerta mientras el aire susurraba voces a su alrededor. El ulular del viento era ensordecedor, batía con fuerza contra los cristales y el agua helada caía sobre ellas como cortinas de pesada cretona, dejándolas exhaustas y confundidas.


Las jóvenes habían salido de excursión antes de su separación al terminar el curso. Salieron al Pico Telégrafo y unas pocas horas después se encontraron en el centro de una borrasca, en mitad del campo y frente a una casa que nunca habían visto, pese a que antes pasaron por allí en múltiples ocasiones.


Marifé tenía pesadillas. Había soñado muchas veces que se encontraba perdida en mitad de una ventisca y una sombra, vestida con capa negra, la perseguía. Se despertaba en mitad de la noche, empapada en sudor, mojada como recién rescatada de un chaparrón. Tenía mucho frío y se encontraba en mitad de un claro del bosque donde de la nada surgió una vieja mansión. En el umbral, una figura de negro les esperaba, haciéndoles señas con sus manos.

Al alcanzar el voladizo que cubría la puerta de entrada, ya a salvo del agua, percibieron que el ruido era aún más ensordecedor. Las ramas batían al compás del viento que producía un agudo sonido que aumentaba su desconcierto. Para su completa sorpresa, cuando llegaron a la puerta no había nadie. La aporrearon con las amoratadas manos por el frío, y la puerta sencillamente se abrió.


Un fuerte hedor a putrefacto les asaltó. Marifé no quiso entrar. En su mente perduraba la imagen de la sombra de sus sueños, pero Esperanza la convenció. También ella había tenido oscuras pesadillas. La última noche se la había pasado sentada frente a una chimenea francesa de la que salían lenguas de fuego y volutas de humo negro que se convertían en horribles gárgolas que la devoraban una y otra vez.

Al cruzar el umbral escucharon el crujir de la madera bajo sus pies. Avanzaron en penumbra por un pasillo de oscuras paredes hasta llegar a un salón.

-¡Eh, los de la casa!, ¿hay alguien? – llamaron para avisar a los posibles habitantes.

Sólo respondió el viento que bisbiseaba voces ininteligibles entre los pasillos y la vieja madera que se quejaba por todas las paredes del caserón. Avanzaron por el corredor hasta una amplia estancia en la que el fuego del hogar llenaba las paredes de sombras en movimiento.

-¿Hay alguien?, señor, ¿nos puede ayudar? -vociferaron una y otra vez, pero ningún ser humano les contestó.


Caridad vio que unos ojos de pupilas alargadas reflejaban la luz de un relámpago. Ella no tenía pesadillas, no soñaba, no descansaba, no podía dormir. Le hubiera gustado, pero su insomnio no se lo permitía. Su vida nocturna le había llevado a desarrollar una intensa vida interior, pero también sus fantasmas. No le gustaba la noche, se sentía sola y todos sus miedos acertaban a visitarla en todas sus formas. Cada noche, al apagar la luz, presentía que llegaban para acecharla mil y una formas, que desaparecían y aparecían al ritmo de los más inverosímiles sonidos. No soportaba los gatos, y en especial los negros; eran la premonición del mal y su mirada como la de Medusa, capaz de petrificar cualquier cosa con vida que se reflejara en ellos. Su grito disparó por simpatía las gargantas de sus compañeras. Aullaron poseídas por el terror corriendo hacia la puerta con una sola idea en mente, salir, salir, salir de allí.

Un nuevo relámpago iluminó el pasillo durante un instante. Fue tiempo suficiente para ver a una figura negra con el rostro oculto junto a la puerta. Se pararon en seco y gritaron al unísono:

-¿Quién anda ahí? ¿Quién anda ahí? -repitieron ante el silencio.

Se dieron cuenta entonces que la tormenta había cesado de repente, tal como llegó. Ni el agua, ni las ramas golpeaban ya los ventanales. El silencio ahora era denso, profundo, todo estaba negro, los truenos habían desaparecido y para cuando quisieron mirar atrás, la llama de la chimenea se había apagado, sólo quedaban los rescoldos semicultos bajo las cenizas.
Escucharon entonces el crujir de pasos a su alrededor, abrieron los ojos, tanto como fueron capaces, pero no alcanzaron a ver nada, la oscuridad era absoluta. Se buscaron con las manos, se abrazaron y se colocaron tan juntas como pudieron a la espera de su destino.

-¿Quién anda ahí? -increparon por última vez.

Esperanza respiró hondo, sacó el móvil del bolsillo y lo levantó para iluminar la estancia con la luz de la pantalla. Aquella fotografía del ser querido lo contempló antes que ellas. A su alrededor se manifestó toda una pléyade de seres deformes, opacos, translucidos y transparentes escapados del Apocalipsis. Estaban representados todos sus demonios y todos sus fantasmas, cuernos, garras, colmillos, lenguas de fuego, animales imposibles, y todos ellos ansiosos de fresco tejido adiposo. Una horda de tinieblas encabezada por un negro gato de amarillos ojos color azufre…

Viajero, si alguna vez te sorprende una tormenta salida de la nada, no te dejes engañar por el señuelo de una casa que nunca antes estuvo allí.

Luiscar

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