lunes, 2 de enero de 2012

La Estadística


 La estadística no es una ciencia exacta, pero sirve para apoyar con números aquello que interesa resaltar. Las hay reales, discutibles, absurdas e incluso imposibles. La que soporta mi historia es una de estas últimas, por lo que me inclino a pensar que lo que voy a contar nunca sucedió.
Soy  matemático y también escritor, es de lo que me quiero convencer, pero además de eso soy muchas otras cosas: miniaturista, lector, navegante, viajero... pero sobre todo lo que me define es que pertenezco al género masculino, a pesar de que mi ex mujer lo ponga en duda y se burle de mis capacidades varoniles. No la culpo por ello, después de todo encontré en un hombre el cariño y el deseo que la verdad, en ella nunca pude hallar.
Fui incapaz de comprender su actitud cuando le dije que le abandonaba para irme a casar con Sebas, su novio de la adolescencia que ella mismo me presentó. Tampoco pude creer que se irritara de aquella manera el día que le pedí el divorcio, pues estaba ansioso por formalizar ante la ley mi relación con él. Puedo entender que le afectara bastante después de lo que le costó convencerme, si no obligarme a pasar por el juzgado, primero con huelga de vello crecido y más tarde de piernas cruzadas.
Sebas¸ carne de gimnasio, metrosexual al uso, ocupaba todos los armarios de mi cuarto de baño con productos cosméticos de todo tipo: rejuvenecedores de la piel, antiarrugas, cremas hidratantes, depilatorias, antioxidantes, contra la celulitis, reforzadores del cuero cabelludo…, además de una completa batería de artilugios tanto mecánicos como eléctricos. Tengo que afirmar que todo este material se nota. Me llena de orgullo decir que mi novio ahora se arregla más para mí que cuando mi ex y yo salíamos las primeras veces; ahora presumo de acompañante, cuando antes sólo podía hacerlo de la parte de ella que menos me importaba.
Recuerdo que la sopa se le escurrió entre sus labios abiertos cuando le dije que tenía que irse a  casa de su madre porque su ex iba a ocupar su lado de mi cama. No se me quita de la cabeza aquella expresión de sorpresa a medias, aquel brillo en su rostro, la mirada que se cruzaron y la manera con que encajó el golpe.
Tardé días en comprender. Paseaba cogido de su mano exhibiendo por el parque a mi chico y su musculatura para todo aquel que me quisiera envidiar, cuando la encontré besándose con una mujer. Tenía las facciones más varoniles que nunca he visto en una fémina y una barba sin afeitar que teñía de gris sus mejillas. Sebas y mi ex cruzaron una mirada cómplice y entonces fue cuando comprendí la insistencia de ir al parque ese día. Fue una trampa, un complot, todo estaba preparado y yo caí como un pardillo. Imperdonable.
Mi mujer me denunció y la juez sucumbió a la miel de sus ojos. Ahora ellos disfrutan de un trío en mi cama a todo satén, mientras yo, bajo este mísero puente, trato de responder a las preguntas que me hago desde entonces: ¿qué me gusta más, la carne o el pescado? ¿Soy cordero o trucha?, o ¿debería hacerme vegetariano para los restos?


                                                                                        Luiscar

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