miércoles, 30 de noviembre de 2011

Carmelinda

            Carmen caminaba por la amplia acera recién remodelada por el alcalde, eterno aspirante a presidente. Se complacía en caminar con su juvenil movimiento de caderas a la vez que se observaba a sí misma. Como un fotomontaje, jugaba a ver su silueta reflejada en maniquíes que la observaban; rostros sin facciones arropados con exclusivas vestimentas, firmadas por renombrados  diseñadores. De cada una de sus manos, caminaban sendos infantes cubiertos con abrigos de lana verde de diseño austriaco.
            Frente a ella, sentado en una de las nuevas terrazas con seta incluida, se encontraba Jaime sin compañía alguna. Buceaba por sus recuerdos en una botella de cristal verde. Sus miradas se encontraron por casualidad, de esa forma misteriosa en la que el subconsciente se siente atraído por un extraño en el que vislumbra algo familiar. Sus miradas coincidieron por un instante. Carmen centró su ya cansada vista en sus grises ojos, globos sombreados por cejas de plata que sujetaban un sombrero de fieltro gris.
            - Buenos días, Jaime. ¿Has regresado ya de tu viaje a Marte? - Disparó sin más,   sentándose en su mesa a la espera de respuesta-.
            - Buenos días Carmelinda - alcanzó a decir pasado un primer momento de sorpresa,        con la boca y la garganta tan secas como        el contenido de un reloj de arena, -.
- ¡Cuánto tiempo sin escuchar ese nombre y esa voz!- Meditó un segundo, pero   contraatacó de inmediato - ¿Cómo estás? Preguntó apuntando directamente a sus        cataratas. ¿Cuánto tiempo hace, treinta, cuarenta años? ¿Quizás tengas algo que decir?           ¿Me trajiste algo de tu viaje estelar?-.
Su tono era diferente, pasada la sorpresa del primer momento, sus pulsaciones habían vuelto al ritmo normal. Jaime, aún sorprendido por aquella presencia tan inesperada como poco grata, no alcanzaba a serenarse para poder articular palabra. Cuando intentaba responder se quedaba en blanco, hacía el ademán de hablar, pero el aire no era capaz de atravesar sus cuerdas vocales.
Carmen comprendió que después de tanto tiempo preguntándose por qué no acudió la  última vez, ahora que le tenía delante y podía exigirle explicaciones, no tenía ningún interés en hacerlo. El tiempo de ambos pasó mucho tiempo atrás. Todo estaba dicho, aunque en realidad una vez más el silencio murmuró entre ambos. Se levantó para despedirse al igual que se había sentado. Por un momento recapacitó en hacerlo tal como él lo hizo tantos años atrás, entonces sonrió al sentir el dulce sabor de la venganza entre sus labios.
- Nos vamos –le dijo-.
Jaime se levantó para despedirse; fruto de un acto reflejo, acercó la mano al sombrero mientras una sensación de alivio se expandía por toda su dermis; pero Carmelinda se dirigió a él por última vez:
            -¡Qué maleducada soy!, no te he presentado a mis nietos. Esta es Marta, señaló a su izquierda, y este es Jaime, ambos son de Jaime, mi único hijo. ¿Te has fijado en ellos? ¿Has visto sus ojos alguna vez en tu espejo?
            Allí le dejó, perplejo, sin saber qué pensar. Sonriente, alejada ya unos metros, Carmen les dijo a los niños:
            - Qué bien os habéis portado Carlitos, esto merece unas chuches.
                                                                          Luiscar

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